Sit caelum tibi levis

enero 20, 2010

Creí conocer a Lhasa en un concierto hace 4 años. Me resulta anormalmente sencillo ubicarlo en el tiempo, pues me acompañaba mi hermana en su primer embarazo, y por más que la audiencia de aquella sala fumara como en presidio, no fui capaz de encender un cigarro a su lado.

Lhasa nos habló mucho, casi riente. Explicaba, con la voz inocente que usaba al hablar en español, su infancia en un autobús escolar convertido en caravana, recorriendo el mundo. Y, sobre todo, los pensamientos de su padre. Decía que los niños salían del cálido microcosmos del útero, donde habían ido creciendo hasta hacer de él un universo ciertamente pequeño, atraídos por señales, los extraños sonidos llegados del exterior. Que la llegada a éste, lejos de grata, era más bien traumática – sit terra tibi levis-, pero que poco a poco nos íbamos haciendo a él, hasta sentirnos de nuevo cómodos, quién sabe si tanto como antes. Y que tal vez fuera un proceso similar el que nos invitaba a abandonar la tierra. Que, poco a poco, íbamos recibiendo algo que provenía del exterior y, aunque asustados, acabábamos dirigiéndonos hacia ese algo desconocido, como lo fuera un día la tierra.

Ideas así de delicadas desarrollaba Lhasa al micrófono entre canción y canción, hace 4 años. Ahora, no sé. El 1 de enero pasó al lado oculto, espero que sin demasiado miedo. Sit caelum tibi levis.

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