Sit caelum tibi levis

enero 20, 2010

Creí conocer a Lhasa en un concierto hace 4 años. Me resulta anormalmente sencillo ubicarlo en el tiempo, pues me acompañaba mi hermana en su primer embarazo, y por más que la audiencia de aquella sala fumara como en presidio, no fui capaz de encender un cigarro a su lado.

Lhasa nos habló mucho, casi riente. Explicaba, con la voz inocente que usaba al hablar en español, su infancia en un autobús escolar convertido en caravana, recorriendo el mundo. Y, sobre todo, los pensamientos de su padre. Decía que los niños salían del cálido microcosmos del útero, donde habían ido creciendo hasta hacer de él un universo ciertamente pequeño, atraídos por señales, los extraños sonidos llegados del exterior. Que la llegada a éste, lejos de grata, era más bien traumática – sit terra tibi levis-, pero que poco a poco nos íbamos haciendo a él, hasta sentirnos de nuevo cómodos, quién sabe si tanto como antes. Y que tal vez fuera un proceso similar el que nos invitaba a abandonar la tierra. Que, poco a poco, íbamos recibiendo algo que provenía del exterior y, aunque asustados, acabábamos dirigiéndonos hacia ese algo desconocido, como lo fuera un día la tierra.

Ideas así de delicadas desarrollaba Lhasa al micrófono entre canción y canción, hace 4 años. Ahora, no sé. El 1 de enero pasó al lado oculto, espero que sin demasiado miedo. Sit caelum tibi levis.

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500 miles

septiembre 24, 2009

Mary ha muerto. Y he descubierto una versión maravillosa de la canción que suene en mi funeral, si es que alguna vez muero. La canción que quiero que suene es 500 miles, de Peter Paul & Mary. Pero resulta que Nick Cave la canta aún mejor. Imagino que, si cantó en 1997 por Michael Hutchence, no le importará hacerlo por mí. A ver si al menos mi muerte no es tan escandalosa.
Pero bueno, no os preocupéis los que tengáis que disponerlo, que dejaré todo por escrito en mi testamento:

Yo, Waltrud Saalbach, dispongo que mi funeral lo amenice Nick Cave con su canción ligera, y que mi colección de Barbies sea para mis sobrinos. Me encantaría, asimismo, que los restos de lo que fui fueran entregados a las fieras en libertad, o a los cocodrilos del Río Misterioso del Monte Hig-eldo; que me desmembraran y me devoraran y se dieran un banquete como yo me devoraría un mazapán en forma de anguila, o un tigretón, o una piraña al horno. Si no fuera posible, entregar mi cuerpo a los buitres carroñeros me parece también una forma suprema de hacer desaparecer mi cuerpo inerte. Y si no, de acuerdo, que den cuenta de mí los gusanos, que al fin y al cabo también tienen que comer.