Sergi Puyol. Una caja, una silla. Apa-apa còmics.
Cumpleaños.

Más.

Pan nuestro de cada día

febrero 12, 2009

8:30. Me he levantado hace 45 minutos para peinar a mi consorte. Hay revuelo en el barrio. Un evento así destapa la cantidad de desquehacerados que mora en una sola mañana. Algunos asoman por la ventana y tratan de disimular su curiosidad tras una cara más fría que el aire gélido que corre. Los vecinos llevan katiuskas. El modelo clásico, no las de ahora, que vienen con estampados de cuadros, o con chispas de brillantina. Katiuskas de toda la vida, botas de color verde militar, de ir a por cangrejos, botas laborales de pocero. Aquí siempre se han visto mucho porque esta es, valga la paradoja, una tierra de mar. Hoy, las calzan con razón: el río se ha sobrado.
Observo por encima de la pantalla del ordenador, bebo del termo para mantenerme templada y rezo para que no vaya a más, pues no podría mover el coche.
Lo comenté con Rita, al volver a casa, Mira cómo está el río. Tal vez sea marea alta. De cualquier modo está muy crecido, ¿no crees?
Durante la espera, había comprado Corazón salvaje y las tres primeras temporadas de Weeds. Para ella, un cómic de la bella Marjane Satrapi. Llegamos al restaurante tras luchar contra el aguacero. Nos atendió una chica del este, según tú, de cualquier otro sitio, a mi criterio; rubia a rabiar en todo caso: le pedimos un plato de foie y otro de rabo, y un bizcocho de chocolate fluido delicioso, caliente y acompañado de helado de frambuesa. Después de que nos trajeran el postre, oímos cómo en la cocina jugaban al ping-pong.
Me pregunto si Rita me seguirá queriendo tras el menú creativo que he pensado para hoy. Me pongo las katiuskas, son blancas y negras e imitan el encaje. Salgo a por el pan y una cocacola lait porque, al margen de ser adicta y querer ver cómo van las pesquisas en el vecindario, en caso contrario caeré dormida.

Verano indio

octubre 27, 2008

Por todos es sabido que bien pocas son las cosas que alivian de la llegada del otoño:

a. Las mandarinas, también conocidas como mondarinas, confusión ocasionada, tal vez, por aquello de que se mondan. Fruta otoñal por excelencia a pesar de su frescor estival, son escasos los casos en que se haya comido la mandarina aislada, es decir, de una en una. Si bien carecen de aditivos, en general resulta inevitable comer, de una sentada, un mínimo de dos.

b. Aportan asimismo un innegable bienestar los últimos días en que el sol tienta con acercarse y templa las jornadas antes de despedirse del todo hasta, por lo menos, marzo. Diversos son los nombres que se les da: Veranillo de San Miguel (29 septiembre), de San Quintín (31 octubre), de San Martín (11 Noviembre).  Como se puede apreciar por su nomenclatura española, la época en que el verano tardío llega no es del todo concreta.  En los Estados Unidos, esta reminiscencia estival recibe un nombre pagano y menos comprometido en lo tocante al almanaque: verano indio. Esta información cruza el océano hasta nosotros, hace años, montada en un cómic de Milo Manara.

A la que suscribe, a y b le resultan similares, en paladar, aroma y concepto.

Feliz verano indio a todos, y ricas mondarinas, la golosina inteligente…