Como las cintas que más nos gustaron en la adolescencia.

Como una burguercangreburguer dejada sin vigilancia en la plancha.

Como los famosos en Marbella.

Como los habitantes de las antiguas Pompeya y Herculano.

Como una hoguera de San Juan.

Como la moto de un hippie

y la pipa de un indio,

estamos quemados.

Consideraba mi agobio laboral más relacionado con el hecho de que soy novata que con la apretura de tuercas que nos hacen en el centro. Normal no llegar a todo, por falta de experiencia. Sin embargo, las charlas con mis compañeros, más rodados que yo ad infinitum, me confirman que, en efecto, aquí nos atan muy en corto.

Reveladoras declaraciones:

-De mis 26 años de profesión, esta es la primera vez que no encuentro un segundo para tomarme un café.

Incluso en los descansos tenemos reuniones. Esto raya lo rayano, y lo sé.

No obstante, me emperro en afirmar que me beneficio de la filosofía del centro. Tantas horas allí, me están proveyendo de las herramientas de trabajo que venía echando de menos hace ya largo. Cada vez estoy más contenta con lo que hago. Esto provoca que el trato con mi entorno sea mejor, cosa que a la larga repercute positivamente sobre la calidad de mi trabajo.

Definitivamente, estoy hecha para esto. En realidad, me estoy haciendo para esto.

Hoy, sábado, me despierto a las 8 con la sensación de haber dormido como los ángeles, pese a haber despertado tras un sueño agitado. Me levanto pensando, contenta, en todo el tiempo que tengo para trabajar. Nos preparo el desayuno, enseño lenguas autóctonas a mi esposa, pongo la lavadora, me hago cargo del fregao y demás labores propias de mi sexo, me visto, salgo a hacer la compra y a disfrutar del día de viento sur que ha salido.

Todo ello, agradecida y emocionada, y sin perder de vista los trabajos que pienso hacer esta tarde.

Anuncios para chicas

octubre 18, 2009

Un amigo de la infancia se extrañaba hace un tiempo (y con mucha más gracia que una) de cómo la propaganda de unos cereales extraía de raíz a los hombres de ese mundo especial que a las que los ingieren se les promete. O para ser más sincera, se nos promete. Pues la que supra y suscribe es una consumidora contumaz de estos cereales y lleva la mitad de su vida desayunándolos.

M., amigo, si los hombres no estáis invitados a este club exclusivo es, ya lo sabes, porque las potenciales compradoras de los cereales en cuestión somos las hembras, por más lesbianas y feministas que digamos ser. Y esto es algo de lo que no has de quejarte. Es decir: el mensaje que te trasmiten es CUÍDATE. Ten un cuerpo esbelto. No te pases ni un milímetro de la raya. Compra compra compra NUESTROS cereales. Nuestra marca no fabrica para otras. Nosotros somos los salvadores. Los que te salvarán de la gordura.

Nadie quiere ser gorda.

A Dios gracias (ya, ya sé que no es gracias a Dios, pero podemos dárselas a ÉL) los hombres no estáis sujetos a una normativa estética tan estricta, castrante y neurotizante como nosotras. Por eso no os bombardean con anuncios para estar delgados flácidos o arrugados. Al menos no todavía, y espero que esto jamás se ande. Me parece antievolutivo, antiético, antirracional, antipersona, antipatiquísimo. Aunque también he aprendido a golpe de frustración que no todo tiene que ir en función de mis caprichos u opiniones. Así que no demos nada por asegurado.

Y lo mismo que mi amigo, llevo cierto tiempo mosqueada con que la publicidad excluya a los hombres de ciertos terrenos. No nos vamos a meter con el caso de los lavavajillas y demás tejemenajes, por lo obvio y manido, no porque no lo merezcan: el terreno publicitario siempre ha pecado de conservador, en contraste con lo creativos que son en ocasiones a un nivel sin duda meramente estético.

Conviene resaltar, no obstante, que hay otros anuncios tanto o más divertidos que los de estos cereales y que sólo nos incluyen a las mujeres. No me voy a meter en el mundo de la menstruación ni de las pérdidas de orina. Asumo -a regañadientes y a regañamuelas– que la regla sea sólo asunto nuestro. Las pérdidas de orina, bueno, creo que hay algo por ahí llamado prostatitis que también se las trae. Los anuncios que me llaman la antención no son estos, pero no me voy a ir demasiado lejos. La mayoría de los anuncios extrañamente exclusivos de mujeres que no tienen que ver de manera descarada con la delgadez, tienen que ver, en lugar de con el inicial, con el extremo final de nuestro tracto alimentario.

Porque, señoras y señores, si la publicidad educara, ya habríamos aprendido que los hombres no tienen necesidad de renovar sus bífidus, ni su ingesta de fibra, ni, en resumidas cuentas, preocuparse en absoluto del funcionamiento regular de su intestino. Casi parecería que lo que comen se consumiera sin desperdicio en el interior su mismo cuerpo, agotado sin duda por su viril actividad. A excepción del glorioso José Coronado, claro. Por ende, deduciríamos con toda naturalidad que, al carecer de necesidad de excretar, y desde luego no tener problemas con ello, tampoco tengan ninguno que hayan de sufrir en silencio, excepto en el caso improbable de este mismo señor. Sí, por si alguien no lo ha entendido, con las hemorroides hemos topado. Jamás un remedio para ellas se ha visto anunciado por un macho. ¡Cosa tan denigrante iba a verse! Pero ya está explicado el porqué. Qué suerte, de verdad, no saben la suerte que tienen los chicos. Para mí la cumbre de esta clase de anuncios, el más desternillante, es aquel que muestra una chica que está en un viaje de lo más estresante, sin tiempo para nada ¡pero tenían la solución para lo suyo! ¡Un enema de viaje!

Una se queda sin palabras, ruborizada.

Por no hablar de que los lubricantes vaginales se anuncian sin pudor, mientras que los problemas de erección se anuncian en pareja (heterosexual, qué duda cabe). Podéis solucionar vuestros problemas de erección. ¿Pero esto qué es?

Hecho este ANÁL-isis, concluimos que, lo mismo que no tienen preocupaciones por su delgadez (que cosa tan poco masculina), aún no se puede tocar el culo de un chico. En público, quiero decir. Y que existe un enorme pudor y respeto en torno al hombre. No se puede hablar de él. De sus flaquezas. Mientras que de nosotras se airean todos los trapos, como si fuéramos peleles.

Igualdad de trato, por favor. Ya.

incompatibilidades

octubre 14, 2009

Hay cosas que son casi irreconciliables en la vida de una.

Como, por ejemplo, leer cuanto quisiera con mi trabajo y las tres horas diarias que viajamos, en las que he de dar la debida conversación.
O tomarse un respiro al llegar a casa con mantener a raya a las chinches e impedir su paso en nuestro hogar, a golpe de bayeta y escobón. No permitir que los demonios laborales escalen la fortaleza de nuestro palacio de adobe.
O ir al cine a ver los estrenos más recientes con preparar las materias más urgentes.
Ir al gimnasio cuando tienes que ir al dentista. Por no mencionar que tendrías que cargar con la mochila desde las sie(n)te de la mañana.
Por no mencionar las clases después de las clases.
Y las reuniones, claro. Y las reuniones para preparar las reuniones.
Supongo que dicho esto, a nadie le sorprenderá si confieso que me sería dificultoso compaginar escribir a diario en Internet con una relación amorosa.

Y eso que no tenemos críos.

En resumen: los principios de curso son costosos, está claro. Pese a lo cual, he hecho todas estas cosas que he mencionado y que me gustan, y alguna más.

Recomiendo a todo el mundo que se lea Manual de caza y pesca para chicas, de Melissa Bank. Librito que de manera aparentemente sencilla nos llega a lo sensible, si bien en ocasiones nos arrancará una lágrima o dos. No os despiste el título, nada tiene que ver con Bridget Jones.
Tampoco es desdeñable Dientes blancos, opera prima que Zadie Smith, chica sin duda hábil con el teclado, carga de matices e historias tragicómicas del Londres multiétnico de sus pintorescos antihéroes. Se puede decir más, pero no con palabras de más sílabas.
Manual de literatura para caníbales, de Rafael Reig, por su parte, desgrana la literatura española desde el SXVIII a través de la saga de los Belinchón, literariamente desubicados por siempre jamás, con un dominio de la lengua y la literatura como todo un maestro –profesor universitario para más señas- en la materia debe mostrar.

Vale. Ya me he demostrado a mí misma que tengo una vida más allá. Ahora, me voy al cine.

Pabst, ganador del concurso <i>El perro más feo del mundo 2009</i>

Pabst, ganador del concurso El perro más feo del mundo 2009

Hay algo sobre mí que no he dicho. Me encantan los perros. Sacan lo mejor de mí. Hace muchos años, cuando mis obsesiones se ceñían a las letras y a la comida y mi retentiva aún no había sido mancillada por las sustancias que adormecen el alma, leí que adorar a los perros y a las plantas es propio de misántropos. Lo leí en un libro de citas famosas, que me encantaba coleccionar. Suponía que si habían llegado hasta nosotros, era porque encerraban en pocas palabras grandes ideas. Así que las admiraba como las pegatinas, muñecajos y las otras docenas de tesoros que guarda una niña.

Entendía, en este caso, que aquella sentencia quería decir que el que se entregaba a estos seres, no podía hacerlo con sus “iguales”. No me pasaba inadvertida la malicia.

Y más adelante fui perfilando otros matices. Sobre todo en torno a los perros, con quienes tengo más afinidad que con las plantas.

Es cierto que las personas insociales pueden acercarse a los perros con gran relajo, porque uno sabe lo que puede esperar de un perro, a diferencia de una persona. Un perro es algo bastante definido. Sus emociones son obvias como las de un niño, y esto provoca que nos acerquemos a ellos con inocencia. También nos provocan ternura. Por ello, entre otras cosas, se los emplean incluso en los programas oficiales de ciertos países como terapia para personas con tendencia a la apatía o a la soledad, como residencias de la tercera edad, o gente con alguna disminución. A menudo, se los utiliza como bastón para reinsertar en sociedad a personas que hayan tenido problemas, por ejemplo, con la bebida. Gracias a él, el individuo puede motivarse a salir a la calle dado su deber de pasear al animal, y a relacionarse con otros dueños de perros. Por no hablar del apoyo afectivo que suponen estos animalillos entrañables.

Así que, bueno, no creo que sea del todo reservado a los misántropos, el disfrute de la compañía de los perros. Ni desde luego algo desdeñable. Tampoco desestimemos el caso de los misántropos que padecen fobia a los canes. ¿Que a veces resulta excesivo? Es comprensible. La inocencia crea adicción.

Además de las virtudes ya exaltadas, oh, can, veamos este vídeo tan fascinante, en el que no sólo aparece un perro bonito.

Ayer me encontré con Alex, y se lamentó de que mis entradas están siendo un tanto espesas y no ve la manera de entrar con su machete en ellas y contestar.

Bueno, espero que tengas algo que decir ante esto, y verte pronto otra vez.