Todos queremos a Bob

agosto 27, 2009

Hoy sólo voy a decir esto.

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Una salía del agua tibia y plana con la piel arrugada. Era difícil separarse de tanto placer. Pero los divertimientos que esperaban en la orilla eran varios: buscar conchas en la arena constituía un reto que podía llevar toda una vida a la vista y manos. Se trataba de encontrar la pieza más vistosa, ya fuera por sus colores, por estar dotada de un agujero que la hiciera susceptible de formar parte a posteriori de un collar, por ser la más grande que hubiéramos encontrado hasta el momento, por estar lujuriosamente nacarada, por ser una caracola tan pequeña que apenas pudiera diferenciarse de un grano de arena. Primero, busqué las conchas sólo para mí, pero pronto entró en competición mi hermana. Era una digna rival en mis búsquedas biológicas y para mi disgusto y mi fruición me superó en múltiples ocasiones, al encontrar piezas de superior calidad a las mías.

Mi hermana tenía una piel finísima y delicada, a diferencia de la mía que, asalvajada y siempre en busca de su dios sol, iba cobrando el tono pardo de los habitantes de la isla, un tono que decidí que era egipcio. Era demasiado para ella. Tuvimos que hacernos con un escudo bajo el que pudiera parapetarse. Encontramos la más magnífica de las sombrillas, de color del zumo de fresas, enorme y ligera. Ella nos serviría de hito en la playa. Lo primero que hacíamos al salir del agua era buscar nuestro hito. La mayoría de los isleños tenían el suyo, para poder ubicarse sin problemas a la salida del agua. La playa se convertía así en una especie de campo de flores, setas sintéticas y multicolores, para nuestro recreo. Contábamos las sombrillas, que se perdían en el horizonte, tratábamos de buscar parejas iguales, o una favorita. Para mí era siempre la nuestra. Donde estuviera la sombrilla de color zumo de fresa, hallábamos nuestro campamento. Mientras mi hermana se tumbaba bajo la sombrilla, yo, fervorosa seguidora de mi nuevo dios Ra, apartaba mi toalla de la ultrajante sombra, incapaz de un minuto más de acto afrentoso, y me consagraba a Aquél en quien llevaba pensando desde que había visto Su luz.

Hazañas de la gazuza

agosto 25, 2009

Claro que no todo eran conductores desbocados en aquella isla. En cuanto alcanzamos la primera orilla, conocí el placer de las aguas turquesas. En el mar transparente, podía ver a la altura de mis pies a los peces temerarios nadar junto a mí, los veía sin necesidad de usar las gafas de bucear. Sentía sus mordiscos electrizantes en las piernas, una y otra y otra vez, docenas de veces, nunca dejaban de sobresaltarme. Vi las arenas blancas y las piedras, y las anémonas y los erizos luchando por sobrevivir en ellas. Me regocijé contemplando los acantilados, me estremecí con las islas negras, escarpados dientes de tiburón en mitad de la bahía, indudables guaridas de seres terribles.
Era a la salida del agua cuando el deleite del sol cobraba su máxima intensidad. Yo ya me había entregado a él antes de sumergirme en el agua, que venía a aplacar el calor que imponía la rigurosa bola de fuego. Pero tras el baño, el simple placer se convertía en escalofrío que encrespaba la piel, para pasar a ser pura devoción.

Íbamos de playa en playa a través de batallas con nuestros enemigos por la carretera: la nuestra era una especie de road movie épica. Sin embargo, la llegada a un nuevo paraíso siempre merecía la pena.

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*Para quien no lo tenga claro, acabo de leer 2 libros de Amélie Nothomb en 2 días.

Vías en desarrollo

agosto 25, 2009

Nada más pisar tierra extranjera, fuimos adelantadas por una docena de automóviles en línea continua -si bien no todos en curva- los cuales, por cierto, hacían doble omisión del límite de velocidad, no tanto porque la señal con un 50 apareciera como aparecía dos y más veces, sino porque los velocímetros de nuestros contrincantes en la carretera señalaban ya los 100 kilómetros hora. Claro, esto no era más que el principio, aunque iba a ser una constante a la que sumar coches aparcados en la carretera, en el portal de casa, invasiones del carril contrario por doquier y sin vuelta al propio, intermitentes para qué os quiero, y un sinfín de detalles que no me detendré a describir.

En ocasiones así una se plantea si abandonar su corrección y cortesía motriz, y optar por la ley del allá donde fueres, pues comprende que su diferencia la convierte en un peligro rodante: provoca filas longuérrimas e irrita a los demás conductores, que la ven como un tractor en la carretera y no ven más solución que pitar y adelantar de quince en quince sin tener demasiado en cuenta lo que venga de frente. La prudencia se transforma en impedimento.

También se plantea si abandonar el vehículo e ir en bicicleta (suicidio) o a pie: ¿pasos de cebra? Se debieron de pintar hace 25 años por última vez. ¿Escalones rebajados? Quesquesé. Árboles en mitad de la acera del paso, sí, eso sí, ¿a quién no le gusta tropezar con un árbol al cruzar, o meter el pie en un alcorque? Pasos que no están uno frente al otro, sí, eso también. Coches que cedan el paso al peatón, será porque van a cambiar de dirección…

No se engañe el lector por famas tales como las de Bombay y Marraquech. Todo esto se da en uno de los 10 países más ricos del mundo.

Hace ya unos cuantos años, un amigo nos dio un buen consejo: nunca, jamás, tomar una decisión importante de resaca.

Admiradas por la sabiduría que se desprendía de tales palabras, las adoptamos de inmediato como dogma básico para nuestro funcionamiento vital.

Hoy, no obstante, nos hemos saltado este principio innegable.

Quedamos, pues, a la espera de las consecuencias de nuestros actos.