Pan nuestro de cada día

febrero 12, 2009

8:30. Me he levantado hace 45 minutos para peinar a mi consorte. Hay revuelo en el barrio. Un evento así destapa la cantidad de desquehacerados que mora en una sola mañana. Algunos asoman por la ventana y tratan de disimular su curiosidad tras una cara más fría que el aire gélido que corre. Los vecinos llevan katiuskas. El modelo clásico, no las de ahora, que vienen con estampados de cuadros, o con chispas de brillantina. Katiuskas de toda la vida, botas de color verde militar, de ir a por cangrejos, botas laborales de pocero. Aquí siempre se han visto mucho porque esta es, valga la paradoja, una tierra de mar. Hoy, las calzan con razón: el río se ha sobrado.
Observo por encima de la pantalla del ordenador, bebo del termo para mantenerme templada y rezo para que no vaya a más, pues no podría mover el coche.
Lo comenté con Rita, al volver a casa, Mira cómo está el río. Tal vez sea marea alta. De cualquier modo está muy crecido, ¿no crees?
Durante la espera, había comprado Corazón salvaje y las tres primeras temporadas de Weeds. Para ella, un cómic de la bella Marjane Satrapi. Llegamos al restaurante tras luchar contra el aguacero. Nos atendió una chica del este, según tú, de cualquier otro sitio, a mi criterio; rubia a rabiar en todo caso: le pedimos un plato de foie y otro de rabo, y un bizcocho de chocolate fluido delicioso, caliente y acompañado de helado de frambuesa. Después de que nos trajeran el postre, oímos cómo en la cocina jugaban al ping-pong.
Me pregunto si Rita me seguirá queriendo tras el menú creativo que he pensado para hoy. Me pongo las katiuskas, son blancas y negras e imitan el encaje. Salgo a por el pan y una cocacola lait porque, al margen de ser adicta y querer ver cómo van las pesquisas en el vecindario, en caso contrario caeré dormida.

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Toda una revelación

febrero 8, 2009

Cuando me encontré con Peña, estaba borracha como una cuba. Pocas semanas atrás, me sorprendí a mí misma acordándome de él, dónde carajo andará metido este muchacho, que parece que se lo ha tragado la tierra. No sé cómo me las compuse para poder hilar una conversación, me daría ánimo su cara radiante, o mi propia alegría por verlo; algo en la noche me despejó. O eso creí creer.

Me acerqué a besarlo. Se había mudado a París.

-Es una maravilla. De verdad. Llevo dos años allí y ha cambiado radical mi forma de ver el mundo. Es que ahí hay de todo, todo tipo de gente, no como aquí, que siempre es lo mismo. Yo me he liberado, de verdad… Nunca había salido de Donosti, y hay que salir. Ha sido una revelación, ¡y sin drogas!
-Ahhh, mira qué bien esto que me dices, mi novia y yo hemos hablado alguna vez de pasar una temporada en París…
-¿Tienes novia? ¡Qué cool!
-Hombre, no sé yo si cool es la palabra…
-¡Claro que sí! Yo también tengo amigos gays, montones, son muy majos, es súper cool. En serio, qué bien.

Mantener los ojos abiertos con tanta cerveza en el cuerpo me resultaba, más que trabajoso, un sacrificio. Con todo, miré de hito en hito a Íñigo Peña. En clase había tres Íñigos y para distinguirlos los llamamos por el apellido. Peña, Gutiérrez y Martínez. Peña, Guti y Marti. Guti era el único niño de la escuela que llevaba corbata, chaleco y gomina. Mi mejor amiga veía la casa de Guti desde la suya, y me decía que si hablaba tanto en clase era porque su familia lo tenía a raya en casa. Ya no se le ve por la calle si no es del brazo de su madre, desde que le dio lo que en argot toxicómano suele denominarse un mal viaje. Marti no tenía parangón al fútbol. Era un hacha en todos los deportes. Siempre fue un niño muy alto. Y no sólo en eso iba avanzado. Con cuatro años, ya volvía locas a las chicas y las seguía al baño para obligarlas a enseñarle el pubis. Ahora es policía municipal y padre de familia. Peña dibujaba de miedo. Delgado y pálido en extremo, sus ojos azules le hicieron merecer siempre cierto público, pero gracias a una rara adolescencia. pasó de patito a cisne mientras todos cultivábamos la fealdad. También, al parecer, terminó de idotizarse. De los tres Íñigos, fue el único que cursó una carrera.

Peña y yo llegamos a ser muy amigos. Luego dejó de saludar. Ya se sabe. Una era una chica rara.

Y allí lo tenía, con su sonrisa de histrión, aparatosa como un bigote postizo, invitándome a la aventura.

Le felicité por su felicidad, nos despedimos, y huí a mitigar las acuciantes arcadas…