Viajar no es obligatorio

noviembre 30, 2008

Para escribirles, me aposento en una enorme mancha de color tinta de boli bic, resultado de la aventura del tren del otro día. Suerte que tuve de darme principalmente en el culo y los brazos, zonas en las que conservo blandeces rubensianas, marylinianas, o como prefieran llamar a mi celulitis, que es muy mía, y que sale a defenderme cuando es menester.

Es la segunda vez que me siniestro en un medio de transporte. La primera fue corriendo tras el autobús en la estación de Burgos, en una historia tan desternillante como repetida por mí. Uno de mis platos estelares.

Con esto pretendo demostrar que, sin duda, viajar es peligroso e incluso desaconsejable. Hace ya bastante tiempo que me sitúo en contra de viajar. Puede que tenga que ver con que no sea precisamente la persona más aventurera del planeta, si bien tampoco se trata de que no me guste, ni de que sea roñica. Lo que pasa es que hace años que pienso que se ha dotado a viajar de un halo de misticismo y que muy al contrario no es más que una forma de consumismo como otra cualquiera, que, aunque bien divertida, nos viene impuesta de las clases ricas de la que hemos heredado.

Y es que, señoras y señores, no a todo el mundo le gusta viajar. Hay gente a la que le da pánico incluso salir a por el pan, como para plantearse hacer un viaje. Por no hablar de aquellos que temen al avión, los que se marean en el barco, los que tienen pánico -bien justificado- a las carreteras. A veces, darse una escapada supone un esfuerzo monetario y emocional -pues vaya estrés que supone a veces organizarse un viaje, no lo vamos a desarrollar porque todos sabemos de qué hablamos- que uno hace forzado por su entorno. Esto es así. Hay que viajar. Es una obligación. A veces da vergüenza reconocer que se tienen vacaciones y aún no se sabe bien qué se hará, si uno es de improvisar sobre la marcha, o que tal vez se quede en casa rascándome la panza, o pintando las paredes. Parece que si tienes vacaciones y no te vas a la conchinchina no eres nadie, no valoras el tiempo, el dinero ni la vida. No importa que no te conozcas tu país, ni tu provincia, ni siquiera tu ciudad o tu supermercado. Tienes que tener bien pensado cuál es el país en el que te gustaría gastar con urgente alegría ese dinero que tantísimo te ha costado ganar.

Y si me posiciono tan en contra es porque he visto a gente que lo ha convertido en más que una forma de ocio, en una especie de religión. Les flipa viajar. Es curioso cómo hay personas que cuando hablan de sí mismas, una de las primeras cosas que mencionan es que les encanta viajar. Y a mí comer, claro. Será que disponen de mucho más capital y tiempo libre que yo, tal vez lo que me pasa es que tengo envidia, o es que he conocido sin enterarme a Miguel de la Quadra-Salcedo y a Indiana Jones. Todo podría ser, ya les digo que soy muy torpe. Más bien al contrario, cuando alguien se define así, he de refrenar una insurgente sonrisita compasiva. Me resulta una categoría harto vacía, superficial y más que manida.

Así que sin entrar en más detalles, en si cuando viajamos conocemos o no culturas, en si hacemos turismo de un tipo o no, reivindico aquí el derecho a quedarse en casa, a básicamente, hacer lo que a uno le venga en gana.

Viajar no es obligatorio.

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Múltiples eran las señales que lo anunciaban cual estrella de adviento: los recientes resbalones a la bajada del tren en los días lluviosos, mi propia fascinación por el monigote que advertía del peligro, el hecho de que exista un Premio Loewe de Poesía, el hecho de que este año lo gane por primera vez una mujer, y que sea una bollera, el hecho de que una bollera se presente a ese premio, la subida al poder de un negro en la primera potencia del mundo libre…

Pero no nos vayamos por los cerros de Úbeda, que quedan a 793 km de Donostia-San Sebastián y el tema que nos concierne. Todos estos augures se relacionan con que la estación frente a la que vivo tiene el andén en curva. Las estaciones de este tipo, dado el espacio que queda entre coche y andén, comportan el riesgo de que el usuario torpe, apresurado, despistado o malhadado introduzca uno de sus pies en este hueco imporcedente, para menoscabo de su cuerpo.
Esta mañana en concreto, si hubiera llevado las manos libres, o si no hubiera trotado hasta el tren para no perderlo, o si me hubiera entrenado en el saltos acrobáticos desde la infancia, tal vez no me habría caído. Puede que otro tipo de calzado hubiera evitado la tragedia, o que el frío no hubiera cubierto con una fina capa de hielo sobre toda superficie. Quizá, quizá.

De cualquier modo, ha sucedido. Y yo tenía hace tiempo la certeza, como en su día la tuviera Paco Rabaneda, de que así sería. He echado a correr al ver el tren. Las prisas, ya se sabe, son malas consejeras. He trepado por la ladera en lugar de por las escaleras hasta alcanzar el último vagón, donde hay más curvatura. Y en algún punto al subir, ha llegado el traspié fatal.

Habrá sido al hacer equis con brazos y piernas para intentar entrar y presionar el botón de apertura de la puerta al mismo tiempo, con un panetone en una mano y las mandarinas en la otra. El caso es que el pie ha entrado limpiamente por el agujero. Cuando el pie se introduce, uno piensa en agarrarse a algo, pero las manos ocupadas con parte de las viandas con las que pretendo agasajar a mis futuros excompañeros de trabajo me lo han impedido. Entonces el individuo ve con impotencia cómo a la extremidad le sigue el cuerpo en pleno, y que es conveniente rendirse para hacer la caída lo más fluida posible, porque, si hay suerte, se golpeará las partes mejor protegidas, hasta quedar tendido sobre las piedras de las vías.
Una vez allí, entre los raíles, bajo el tren, sobre las piedras, estoy viva, no sangro, no ha sido para tanto, he llegado al fondo del pozo. Poco tiempo me ha dado para pensar: ha empezado a tirar de mí un brazo, como gancho de una grúa de carga en el puerto. Aunque he intentado hacer pie y colaborar, han insistido en levantarme a pulso hasta el interior del vagón. Ya estaba a salvo. El marinero que de mí tiraba era un morito de menos de metro setenta. Le quiero para siempre.

Me ha rodeado personal del tren gente preocupada por mi cuerpo. Yo apenas decía estoy bien, no tengo nada, miraba alucinada el asa de la caja del panetone en mi mano y el panetone, que a diferencia de mí, sí había logrado entrar en el tren. He cogido el panetone, me preguntaban pero aún yacía sobre la piedra, junto a las vías, ese lugar seductor con el que había soñado tantas veces. Sólo he aterrizado cuando he oído mi nombre:

-¡Guillermina! ¿Estás bien?

Me he girado para ver la cara familiar. Mi ex. Vaya. Cogerá este tren todos los días, coincidimos justo hoy. Me siento frente a ella. Se agudiza el dolor del culo, brazos, todo. Seguro que cuando te dan una paliza tiene que doler parecido. Es curioso viajar frente a una agente de género en estas circunstancias. Qué bien que haya sido antes de los 30, qué bien salir entera.

Oda a la C.

noviembre 27, 2008

Cuatro días enteros han tardado en devolvernos la conexión. CUATRO. Qué repúblicabananérico es esto. Carapez más. Me da igual que me tildéis de etnocéntrica. Me cae mal ese calificativo. Me temo que lo utiliza la misma gente que empezó a popularizar la palabra tolerancia, tolerante, solidaridad… y todos esos vocablos que se van poniendo de moda y vaciando de significado. Por cierto, expresión muy in que incita a la retroacción a las úvulas finas: BÁILAME EL AGUA.
aG.

Poema barato I

Quiero que no puedas escapar,
que mi imagen te persiga
en todas partes a donde vas,
Hazme siempre igual
roja, fresca, jovial,
Quiero ser tu canela,
emborracharte mezclada,
resarcirte de tu resaca,
darte chispa y vida
llevarte lejos
Quiero ser tu veneno,
engancharte a mi fórmula secreta,
que mis imitaciones te irriten,
y picarte las muelas.

Aquí podría linkar más fuentes de inspiración, pero las voy a limitar. Y sí, un vídeo está cortado, no he encontrado nada mejor…

Así que os dejo con esta maravilla.

Besos.

El peor día de mi vida

noviembre 25, 2008

Ayer fue un día distinto a los demás.
En un terrible accidente, early in the morning, un camión se cargó la línea telefónica. Como consecuencia, desde entonces en mi empresa NO HE TENIDO INTENNÉ.
Lo más grave es que hoy el asunto no se había resuelto, y he tenido que pasar el día ENTERO trabajando one more time, igualico que ayer.
48 horas sin línea. Las jornadas han sido intensas y casi reveladoras, propias de hembra alfa.
Hoy ha sido el peor día de mi vida. Y nada promete que mañana vaya a mejorar.
Esta experiencia me sirve para acabar de asumir que soy una chica de banda ancha, que, como tal, necesita su dosis diaria de

INTENNÉEEEEE

Dios mío, me he quedado traspuesta.
Ah, por si no resultara obvio, puntualizo que me da igual que haya gente que opine que Otujne es parte del programa más out de la temporada.

Frente al frente

noviembre 24, 2008

No sabemos si las ventanas aguantarán el temporal. Llueve sin mesura, esta mañana la mitad de los asientos del tren estaban vacíos, cosa del todo inhabitual que se explicaba por sus manchas oscuras. Tal vez se ha sentado gente con los abrigos empapados, he pensado, aún no muy despierta. Pero no, las gotas seguían resbalando a lo largo de los dos canales de ventilación, sobre las dos filas interiores de asientos: un tren con goteras, en el País Vasco. Pues pueden llevarlo al chatarrero. Cadáveres de paraguas poblaban las aceras y papeleras. El viento apenas dejaba avanzar a una mujer de metro ochenta y cinco y huesos de caballo frente al mar, camino al autobús. Tú, plumilla, no creo que hubieras podido llegar sin apoyo hasta allí. El termómetro frente a la parada marcaba siete grados, yo, empapada, sentía el calor de luchar contra el viento, como un marinero.

Dado que este es un espacio 2.0, les insto a colaborar:

¿Es el de sacarse las bragas de entre las cachas el gesto más femenino, sí o no?

Si opinan que no, que este no es el gesto más propio y repetido por una mujer, ¿qué otro ademán dirían que ocupa esta posición en el ranking de lo amadamado*?

Por favor, háblennos. Un monosílabo basta. Su opinión es importante.

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*amadamado: del francés madame, dama: amanerado, afectado, afeminado.

Codiciada hembra alfa

noviembre 17, 2008

Tras elucubrar largo y tendido sobre si la diferencia se fundamentaría en añadir algún ingrediente lácteo, ya fuera leche, nata o quesito, descubro con de-leite que lo único que distingue a una crema de un puré es que antes de pasar la batidora, en la una se retira el caldo de cocción, mientras que en el otro no.

Por las mañanas cojo un tren hasta Donostia o Hernani, y después el G2. Este autobús, desde Hernani, llega mucho antes que la misma línea desde Donostia-San Sebastián, pero en la estación de tren de Hernani espera al pasajero un bufé tal de escaleras que no es un desayuno del agrado de ningún paladar. Intento retreparme por ellas lo más rápido posible, para no sentirlas. Cada mañana me maravilla, no obstante, un grupo de tres viajeras que vence las escaleras antes que yo, sin cesar de hablar entre ellas, y además de buen humor. A veces me crispan, ni siquiera puedo escuchar de qué hablan, tan raudas que van.

Pero hoy he dejado atrás a mis rivales. Y eso que llevaba un termo de los caros -por ende, pesados- de crema de calabaza en el bolso. Sazonadas con la dosis apropiada de foie, las visitas a la gordóloga están surtiendo efecto y ya me muevo con agilidad de gacela incluso sobre tacones: me estoy convirtiendo en una codiciada hembra alfa.

Lo que no mata, engorda

noviembre 11, 2008

Por lo general, usamos esta frase jocosa de una manera muy literal, ante alimentos que, pese a estar dotados de alguna característica que los hace merecedores de nuestras sospechas, decidimos ingerir. Las singularidades que suelen alertar a nuestra suspicacia son la potencial prescripción de la caducidad del producto, tal vez pasado de fecha, tal vez rancio; una procedencia desconocida –¿de dónde has sacado eso?– o inadecuada –lo he cogido del suelo-; una naturaleza infrecuente –¡Mira, en ese restaurante dan cucarachas para comer!-, y más recientemente el abuso de compuestos químicos, tal vez demasiado colorante, conservante o grasas oriundas de mejor no vayamos a saber dónde, que nos amargan el dulce.

Lo que no mata, engorda. Se trata de sobrevivir, a veces de glotonería, de aprovechar la ocasión para comer, sin pensar demasiado. En este sentido, nos viene a la mente otro dicho hispánico en menor uso, “ave que vuela, a la cazuela”.
Claro que podemos retroceder a lo que de antiguo implicaba engordar, que no tenía ni mucho menos los tintes generalizadamente punibles de hoy día, sino que incluso suponía una mejora en salud. Así, recogemos usos en los que “lo que no mata, engorda” comprende, más allá de una supervivencia, un fortalecimiento. Mentaré como ejemplo esa película que me atrevería a aseverar conocida por mi formidable séquito de lectores al completo: La princesa prometida, donde el héroe puede tomar cianuro porque ha ido acostumbrando a su cuerpo a través de pequeñas dosis de este veneno. También la comunidad científica afirma hoy en día que en occidente se está dando un brote de enfermedades inmunológicas a causa de una exagerada vigilancia de la higiene. Los gérmenes nos hacen bien. Algo que presuponemos pernicioso, nos endurece.
No se me había ocurrido analizar esté refrán más que en su sentido más tripero, porque es así como lo he escuchado los 29 años que llevo en el mundo. Probablemente a causa de la afición hacia la comida profesada por mi entorno y por mí misma. Sólo esta mañana de camino al trabajo, me he dicho que esta temporada me estoy haciendo -en el mejor de los sentidos- vieja, crecida, y después, con sorna de tragaldabas, “lo que no mata engorda”.

Dedico esta entrada a Manolo, que me llevó a mi primer Dunkin’Doughnuts, y a Migueluá, y a Inesita. Y al agente Cooper. Y a todos los triperos. Vosotros sabéis quiénes sois.

Cuando le dije a I. que había estado en una manifestación contra las últimas violaciones en la ciudad, su respuesta fue la siguiente:
-Seguro que todas las que estabais allí erais lesbis.
Me aturdió semejante sentencia, aunque no era la primera vez que me soltaba algo del pelo. ¿Qué será una manifestación feminista en su imaginación? ¿Un evento en el que se sacrifica a un mancebo, que acaba con la celebración de una orgía de sexo desenfrenado entre bolleras? ¿Acaso no conoce esta muchacha que surfea entre lugares comunes, aquel tan viejo de que las bolleras no follamos?

Pensé explicarle que para estar en contra de las violaciones no es necesario ser mujer, ni feminista, ni para ser feminista lesbiana. Si bien servidora opina que las mujeres, y más las inteligentes, deberían por pura lógica e instinto de supervivencia ser todas feministas (aunque ya la experiencia nos ha enseñado que, por desgracia, no es así). Que yo empecé a serlo desde bien pequeña, que me surgió como respuesta espontánea a mi entorno, sin tener conciencia de lo que hacía. Y mucho antes de haber besado a nadie, por supuesto. Pero estábamos comiendo, así que me limité a ser ilustrativa:
-No seas burra. Eso no es así. Había de todo, como siempre. Incluso estaba una amiga embarazada de 8 meses, con su novio.
-Muy alternativa tiene que ser tu amiga.
Me sorprendí, se supone que me aprecia, que me escucha, que me respeta. Tal vez sea cierto que me tomo lo que me dicen de manera demasiado personal.
Así que hoy, desde las alturas de mi magnanimidad, he decidido perdonarla, porque es rubia.

A., la buena Bagheera

noviembre 6, 2008

Hoy he de dedicar mi entrada a A., compañera de trabajo que no hemos de confundir con A., compañera de trabajo a quien habitualmente llamamos así para hablar mal de ella y a quien yo apodo infantilmente la Apestícola, por el hedor que emanan su cuerpo y ropajes.

A., la buena, se merece una entrada por muy diversos motivos. He aquí unos cuantos:


  1. Fue con ella con quien estuve comentando qué sería de Sinéad.

  2. Me ha rescatado de la lluvia y el abandono que he sufrido hoy en la selva del motor, como Mowgli, al pasarme la parada del bus por estar leyendo Maus. Ha sido mi Bagheera.

  3. Me he acordado de una cosa que hablábamos el otro día, ella y yo mientras leía Maus. Hablamos de la capacidad de supervivencia del ser humano. Porque somos capaces de adaptarnos a todo, y eso nos convierte a la vez en héroes y en monstruos. Podríamos acostumbrarnos a vivir en el infierno de, pongamos, un campo de concentración, o de vivir con un maltratador. Podríamos, después, llevar una vida más o menos normal, incluso muy digna. Esto me asusta y me admira a partes iguales. Mientras me rescataba, le he confesado el porqué de mi perdición, qué me tenía tan absorta, y me ha comentado que recordó ese cómic, precisamente, en nuestra charla del otro día. No sé si es por trabajar donde trabajamos, que todo está enfermiza y endogámicamente relacionado con todo. Sólo que nosotras lo hacemos de manera inteligente y sensible.

  4. Y más importante todavía: no deja de canturrear El último de la fila desde que me leyó ayer.

Así que se lo debo. 🙂