Un amigo de la infancia se extrañaba hace un tiempo (y con mucha más gracia que una) de cómo la propaganda de unos cereales extraía de raíz a los hombres de ese mundo especial que a las que los ingieren se les promete. O para ser más sincera, se nos promete. Pues la que supra y suscribe es una consumidora contumaz de estos cereales y lleva la mitad de su vida desayunándolos.
M., amigo, si los hombres no estáis invitados a este club exclusivo es, ya lo sabes, porque las potenciales compradoras de los cereales en cuestión somos las hembras, por más lesbianas y feministas que digamos ser. Y esto es algo de lo que no has de quejarte. Es decir: el mensaje que te trasmiten es CUÍDATE. Ten un cuerpo esbelto. No te pases ni un milímetro de la raya. Compra compra compra NUESTROS cereales. Nuestra marca no fabrica para otras. Nosotros somos los salvadores. Los que te salvarán de la gordura.
Nadie quiere ser gorda.
A Dios gracias (ya, ya sé que no es gracias a Dios, pero podemos dárselas a ÉL) los hombres no estáis sujetos a una normativa estética tan estricta, castrante y neurotizante como nosotras. Por eso no os bombardean con anuncios para estar delgados flácidos o arrugados. Al menos no todavía, y espero que esto jamás se ande. Me parece antievolutivo, antiético, antirracional, antipersona, antipatiquísimo. Aunque también he aprendido a golpe de frustración que no todo tiene que ir en función de mis caprichos u opiniones. Así que no demos nada por asegurado.
Y lo mismo que mi amigo, llevo cierto tiempo mosqueada con que la publicidad excluya a los hombres de ciertos terrenos. No nos vamos a meter con el caso de los lavavajillas y demás tejemenajes, por lo obvio y manido, no porque no lo merezcan: el terreno publicitario siempre ha pecado de conservador, en contraste con lo creativos que son en ocasiones a un nivel sin duda meramente estético.
Conviene resaltar, no obstante, que hay otros anuncios tanto o más divertidos que los de estos cereales y que sólo nos incluyen a las mujeres. No me voy a meter en el mundo de la menstruación ni de las pérdidas de orina. Asumo -a regañadientes y a regañamuelas- que la regla sea sólo asunto nuestro. Las pérdidas de orina, bueno, creo que hay algo por ahí llamado prostatitis que también se las trae. Los anuncios que me llaman la antención no son estos, pero no me voy a ir demasiado lejos. La mayoría de los anuncios extrañamente exclusivos de mujeres que no tienen que ver de manera descarada con la delgadez, tienen que ver, en lugar de con el inicial, con el extremo final de nuestro tracto alimentario.
Porque, señoras y señores, si la publicidad educara, ya habríamos aprendido que los hombres no tienen necesidad de renovar sus bífidus, ni su ingesta de fibra, ni, en resumidas cuentas, preocuparse en absoluto del funcionamiento regular de su intestino. Casi parecería que lo que comen se consumiera sin desperdicio en el interior su mismo cuerpo, agotado sin duda por su viril actividad. A excepción del glorioso José Coronado, claro. Por ende, deduciríamos con toda naturalidad que, al carecer de necesidad de excretar, y desde luego no tener problemas con ello, tampoco tengan ninguno que hayan de sufrir en silencio, excepto en el caso improbable de este mismo señor. Sí, por si alguien no lo ha entendido, con las hemorroides hemos topado. Jamás un remedio para ellas se ha visto anunciado por un macho. ¡Cosa tan denigrante iba a verse! Pero ya está explicado el porqué. Qué suerte, de verdad, no saben la suerte que tienen los chicos. Para mí la cumbre de esta clase de anuncios, el más desternillante, es aquel que muestra una chica que está en un viaje de lo más estresante, sin tiempo para nada ¡pero tenían la solución para lo suyo! ¡Un enema de viaje!
Una se queda sin palabras, ruborizada.
Por no hablar de que los lubricantes vaginales se anuncian sin pudor, mientras que los problemas de erección se anuncian en pareja (heterosexual, qué duda cabe). Podéis solucionar vuestros problemas de erección. ¿Pero esto qué es?
Hecho este ANÁL-isis, concluimos que, lo mismo que no tienen preocupaciones por su delgadez (que cosa tan poco masculina), aún no se puede tocar el culo de un chico. En público, quiero decir. Y que existe un enorme pudor y respeto en torno al hombre. No se puede hablar de él. De sus flaquezas. Mientras que de nosotras se airean todos los trapos, como si fuéramos peleles.
Igualdad de trato, por favor. Ya.